HASEK, Jaroslav (1920-23). Las aventuras del valeroso soldado Schwejk.

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HASEK, Jaroslav (1920-23). Las aventuras del valeroso soldado Schwejk.

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El valeroso soldado Schwejk tuvo que abandonar el servicio cuando la comisión médica militar lo declaró tonto, y se dedicó a la venta de perros. Schwejk, amparado en su estupidez, libra con notable éxito su particular batalla contra la no menos estúpida maquinaria militar del ejército austrohúngaro hasta la “gloriosa catástrofe” final. En esta novela la tragedia de la guerra se trasforma en carcajada en uno de los alegatos antibelicistas más célebres que se han escrito.
—Déle esta carta a la señora —dijo el teniente—. Le ordeno que se comporte con respeto y tacto y que cumpla todos sus deseos. Éstos han de ser para usted como una orden. Tiene que conducirse galantemente y servirla con toda lealtad. Aquí tiene cien coronas de las que me dará cuenta. Tal vez le mande comprar algo. Pedirá almuerzo, cena, etc., para ella. Luego compre tres botellas de vino y una caja de Memfis. Bien, de momento nada más. Puede irse. Vuelvo a rogarle encarecidamente que haga todo lo que lea en sus ojos.

La joven ya había perdido todas las esperanzas de volver a ver a Schwejk y por ello se quedó muy sorprendida cuando éste salió del cuartel y se acercó a ella con la carta.

Él hizo un saludo, le entregó el sobre y anunció:
—Por orden de mi teniente, señora, tengo que comportarme con usted con respeto y tacto y servirla lealmente y hacer todo lo que lea en sus ojos. He de alimentarla y comprarle lo que desee. Mi teniente me ha dado cien coronas, pero también tengo que comprar tres botellas de vino y una caja de Memfis.

Ella, al leer la carta, recuperó su energía y la manifestó ordenando a Schwejk que le proporcionara un coche. Cuando lo tuvo le mandó que se sentara en el pescante con el cochero.

Fueron a casa. Ella representó extraordinariamente el papel de dueña de su hogar.

Schwejk tuvo que llevar las maletas al dormitorio y sacudir las alfombras en el patio. Una pequeña telaraña que había detrás del espejo causó gran enojo a la dama.

Todo parecía demostrar que ella tenía la intención de quedarse mucho tiempo allí.

Schwejk sudaba. Cuando acabó de sacudir las alfombras pensó que habría que bajar las cortinas y limpiarlas. Entonces recibió la orden de limpiar las ventanas de la habitación y de la cocina. Luego ella empezó a cambiar los muebles de sitio, y cuando Schwejk lo había arrastrado todo de un rincón al otro no le gustó, e ideó una nueva colocación.

Sacó ropa de cama limpia del armario, hizo ella misma las camas y se notaba que lo hacía con amor al lecho. Éste le provocaba un sensual temblor en las ventanas de la nariz. Luego mandó a Schwejk que fuera a buscar la comida y el vino y antes de que volviera se puso su transparente matiné, que la hacía aparecer extraordinariamente atractiva y seductora.

Con el almuerzo se bebió una botella de vino, fumó muchos Memfis y luego se acostó, mientras Schwejk se regalaba en la cocina con el pan de munición mojado en licor dulce.
—¡Schwejk! —se oyó desde el dormitorio—. ¡Schwejk!
Schwejk abrió la puerta y vio a la joven entre cojines en una seductora pose.
—¡Acérquese!

Él se acercó a la cama y ella miró con atención y con una sonrisa característica su rechoncha figura y sus fuertes botas. Quitándose la suave tela que lo cubría y lo escondía todo le dijo enérgicamente:
—¡Quítese las botas y los pantalones! Veamos...

Y así fue cómo el valeroso soldado Schwejk pudo anunciarle a su teniente cuándo éste regresó del cuartel:
—A sus órdenes, mi teniente. He satisfecho todos los deseos de la señora y he obedecido su orden con toda lealtad.
—Se lo agradezco mucho, Schwejk —dijo el teniente—. ¿Ha tenido muchos deseos?
—Unos seis —contestó Schwejk—. Ahora duerme como si estuviera agotada por el viaje. Le he hecho todo lo que he leído en sus ojos.