La idea de un aprovechamiento más racional del trabajo humano había ya sido apuntada por algunos economistas de comienzos del siglo (Ure o Babbage en Inglaterra, Chaptal en Francia), que se preocuparon por la adaptación del obrero a la máquina y al trabajo de la fábrica. También Saint-Simon y Say, si bien interesados en la gestión de la empresa y de las cualidades del patrono industrial, rozaron este tema. Sin embargo, en una época en que la mano de obra abundaba y su coste era reducido, el trabajo humano no constituía un problema. La euforia del progreso y la seguridad en la eficiencia del maquinismo y de la técnica no eran un clima adecuado para la consideración del «coste humano». El objetivo fundamental de la empresa era entonces producir. \\ El panorama cambia de aspecto cuando el capitalismo entra en una fase más avanzada, en la que la competencia exigía el abandono de este concepto cuantitativo de la producción y la búsqueda, en cambio, de la máxima utilización del elemento humano. Por otra parte, el conflicto entre el capital y el trabajo, que había alcanzado un punto álgido, obligaba también a preocuparse por consideraciones humanas y buscar posibles soluciones al problema en este terreno. \\ Si en principio la máquina pareció capaz de reemplazar al hombre, el progreso en la producción fue revelando la necesidad de formar obreros especializados, que supieran manejar u obtener el máximo rendimiento de la máquina. La especialización era, por otra parte, una necesidad, debido a la complejidad del utillaje y a la variedad de los procesos de la producción. Resultaba también provechosa para el obrero, que lograba salarios más altos, y para el fabricante, que podía obtener productos de mejor calidad. \\ En el decenio de los 80 los métodos de racionalización del trabajo, basados en los avances de la psicología aplicada, se difunden desde Alemania a los Estados Unidos por obra de uno de los discípulos de Wundt, llamado Munstergerg, emigrado a Norteamérica. En este grupo y en este clima aparece la gran figura de Taylor. \\ Frederick Winslow Taylor (1855-1915) procedía de una familia cuáquera y, por tanto, se había educado en un ambiente de rígida disciplina. Ingeniero de la Bethleem Steel, inventor de nuevos procesos técnicos en siderurgia y en la mecanización, se aficionó especialmente por la organización del trabajo. Su idea consistía en sustituir la rutina por métodos científicos y racionales, lo que llamó scientific management, que expuso en su principal obra, Principios de dirección científica de la empresa, aparecida en 1911, resultado de las experiencias realizadas en el planning department de su empresa, cuyo objetivo era la determinación del tiempo standard para un tipo de trabajo también standard. La finalidad última del scientififice management era el rendimiento máximo por medio del automatismo riguroso, que asimilara el hombre lo más posible a la máquina con la que trabajaba. \\ El sector empresarial, en general, acogió con interés las ideas de Taylor, pero no sucedió lo mismo con los obreros, a pesar de que la finalidad última del taylorismo era el establecimiento del salario en función del rendimiento del operario y, con ella, la baja de los costes de producción y la elevación del nivel de vida del obrero eficiente. La American Federation of Labour se pronunció contra el taylorismo y lo propio hicieron los respectivos sindicatos obreros de Europa. Este fracaso de la racionalización del trabajo antes de 1914 se debió, en gran parte, a su novedad y escasa difusión, ya que los obreros lo consideraron, erróneamente, como un instrumento del capitalismo y, por tanto, como un sistema que venía a quebrantar el frente de la resistencia obrera frente al sector capitalista.FUENTE: En Vázquez DE PRADA, V., Historia Económica Mundial. II de la Revolución Industrial a la actualidad. Rialp, Madrid, 1968. t. II, págs. 316, 317, 318.]