El desarrollo industrial generó importantes beneficios en Europa desde los inicios de la Era contemporánea, pero también acarreó importantes problemas sociales. La competencia exigía la mayor reducción de costes posibles, y evidentemente la situación de los obreros no estaba entre las prioridades. Los sueldos eran bajísimos, se trabajaba en torno a las quince horas al día, se carecía de toda legislación social, seguridad o protección en el empleo, pensiones, etcétera. Especialmente lamentable era la situación laboral de las mujeres y los niños, que se utilizaban para desarrollar las peores tareas y cobraban incluso menos que los hombres. Poco a poco los obreros comenzaron a organizarse y a exigir mejores condiciones en el empleo, condiciones que los empresarios no estaban dispuestos a aceptar, por lo que los conflictos sociales pronto comenzaron a ser algo cotidiano.