Germinal es la historia de una huelga en unas minas de carbón en la Francia del Segundo Imperio. Comienza la crisis económica y la compañía minera agrava las condiciones de trabajo de sus obreros. Éstos, acaudillados por Étienne Lantier, un apóstol de la justicia social, cesan el trabajo. La caja de previsión se agota, los ánimos se exaltan, Étienne pierde su autoridad y los obreros saquean las minas. El Gobierno llama al ejército y éste reprime la huelga a tiros: catorce muertos. Los obreros capitulan y la Compañía ofrece una amnistía. Pero Étienne vuelve a bajar a la mina donde se encuentra Catherine y, a setecientos metros bajo el suelo, un derrumbamiento les sorprende y los atrapa durante tres semanas. Cuando llegan las brigadas de salvamento, Catherine ha muerto y Étienne está moribundo. Una vez restablecido, abandona la mina y marcha a Paris para hacer que brote esta Germinal socialista que pronto “hará estallar la tierra”. Las novelas de Zola se han podido calificar como de “realismo épico” y algunas de ellas se proponen reflejar la vida miserable y el trabajo brutal de los obreros, sean los mineros del norte (Germinal) o los obreros parisinos ( L’assommoir), describiendo con gran amplitud y minuciosa observación el alma colectiva del proletariado.
Todas las noches, en casa de Maheu, charlaban un rato de sobremesa antes de ir a acostarse. Esteban sacaba siempre la misma conversación. A medida que se iba instruyendo, sentíase más disgustado con la promiscuidad de sexos que reinaba en todo el barrio. ¿Eran acaso animales para vivir hacinados de aquel modo, tan hacinados, que no era posible mudarse de camisa sin enseñar la carne al vecino? Además, aquello era terrible para la salud del cuerpo y para la del alma, porque los chicos y las chicas crecían pudriéndose.
-¡Demonio! —exclamaba Maheu—: si se tuviera más dinero, se viviría con más comodidad... Porque la verdad es que nadie gana con este estar unos encima de otros continuamente. Esto acaba siempre porque los hombres se hagan borrachos y las mujeres perdidas.
Cada uno de la familia decía lo que pensaba sobre el particular, en tanto que el petróleo del quinqué vaciaba el aire de la sala baja, impregnada ya del olor a cebolla frita. No; la vida de aquel modo no tenía ciertamente nada de agradable. Trabajaban como bestias en una faena que en otras épocas se reservaba para los presidiarios, y se exponían diariamente a morir aplastados por las rocas, sin conseguir ganar para comer carne siquiera.
Claro está que comían, pero sólo lo estrictamente necesario para no morirse, y eso a fuerza de contraer deudas, y como si robasen el dinero que ganaban. Cuando llegaba el domingo, dormían rendidos del trabajo de la semana. No tenían más placeres que emborracharse o cargarse de familia, cuando lo que estorbaba eran los hijos. No, no tenía nada de agradable aquel modo de vivir.
La mujer de Maheu se mezclaba entonces en la conversación.
—Lo malo es —decía—, pensar que no hay medio de que esto varíe... Cuando joven, se imagina una que llegará la felicidad, porque se espera, sin saber en qué; y luego no se sale nunca de miseria... Yo no deseo mal a nadie; pero hay veces que estas injusticias me sublevan.