Director: Herbert J. Biberman.
Guión: Herbert J. Biberman, Michael Wilson.
Fotografía: Stanley Meredith. Música: Sol Kaplan.
Producción: Paul Jarrico y Adolfo Berella.
Productora: The International Union of Mine, Mill and Smelt Workers / Independent Productions Corp.
Rosaura Revueltas (Esperanza Quintero), Juan Chacón (Ramón Quintero), Will Geer (Sheriff), David Wolfe (Barton), Mervin Williams (Hartwell), David Sarvis (Alexander), Henrietta Williams (Teresa Vidal), Ernest Velásquez (Charley Vidal), ängela Sánchez (Consuelo Ruíz), Joe T. Morales (Sal Ruíz), Clorinda Alderette (Luz Morales).
A comienzos de los años 50, en Nuevo México, los mineros de chicanos soportan una clara discriminación a nivel social y laboral frente a los “anglos”. Tras un grave accidente causado por las restricciones impuestas por la Compañía Empire a las normas de seguridad, inician una larga huelga en junio de 1951, solicitando mejoras en sus condiciones de trabajo y sanitarias en sus viviendas. La vida se hace aún más dura, mientras que empresa intenta contratar esquiroles y utiliza a las autoridades locales para romper su resistencia. Poco a poco, las mujeres, tradicionalmente marginadas dentro de unas estructuras sociales y mentales patriarcales, se incorporan al movimiento, montando una pequeña cantina para los huelguistas, incorporándose a los piquetes y participando de forma activa en las asambleas... La huelga se prolonga hasta enero de 1952.
En pleno apogeo de la “caza de brujas”, un grupo de cineastas incluídos en la “lista negra”, el director Herbert Biberman, el guionista Michael Wilson, el productor Paul Jarrico y el actor Will Geer, se plantearon reconstruir desde una perspectiva militante los conflictos laborales que afectaron en 1951 a la «Delaware Zinc Co.» en su mina de Silver City (Hannover, Nuevo México), atraídos por los distintos planos que presentaba el conflicto: la discriminación racial de los mineros chicanos, determinada por la negativa de la empresa a reconocer igualdad de condiciones de trabajo respecto a sus compañeros “anglos”, y la discriminación de género que sufren las mujeres de los mineros por parte de sus maridos. La escasez de medios y el boicot a que fue sometida la película por parte de la industria, los sindicatos cinematográficos y las autoridades durante el rodaje (que se prolongaría durante el proceso de post-producción y finalmente bloquearía su distribución) se convirtieron en factores clave para dotar al film de una extraordinaria profundidad sociológica. Con sólo 5 actores profesionales en el reparto (la mexicana Rosaura Revueltas, Will Geer, Donald Sarvis, Melvin Williams y David Wolfe) la mayor parte de los personajes fueron interpretados por los propios mineros, sus familias y obreros de la comarca (como Juan Chacón, presidente del sindicato local desde 1950, uno de principales organizadores de la huelga y que se había opuesto a la participación de las mujeres, y Clinton Jerks, un activista anglo que trabajaba como enlace sindical). Al mismo tiempo la convivencia entre el equipo y los participantes en la huelga durante el azaroso y largo rodaje (que comenzó antes del fin del conflicto) permitió a los realizadores ganarse la confianza de los mineros y conocer directamente los distintos planos de la realidad laboral, social y familiar que desarrollaría la película. El resultado final es una de las obras maestras del cine norteamericano y del cine social en general, dotada de un cautivador tono realista, y que analiza con gran rigor tanto los desencadenantes de la huelga como, sobre todo, las contradicciones internas del movimiento y, especialmente el papel de las mujeres de los mineros, auténticas protagonistas. En este sentido, junto a la militancia política de los realizadores y la convivencia con los huelguistas, hay que resaltar el inteligente planteamiento narrativo de la película, que combina dos tramas paralelas: la acción colectiva del conjunto de los mineros y el drama personal de una familia, centrado a su vez en las difíciles relaciones de la pareja protagonista, alternando varios registros: la simplicidad narrativa en las escenas políticas (como los debates sindicales, que anticipan el planteamiento documental del “cinema-verité”), el humor en las escenas que retratan la vida cotidiana (el baile en casa de los Quintero, con un apreciable toque fordiano) o como contrapunto a las más dramáticas (la protesta de las mujeres encarceladas), la violencia (el montaje paralelo que muestra el parto de Esperanza y la paliza que recibe Ramón) y el lirismo en los planos de fuerte carga simbólica (la aparición de las mujeres sobre la colina).