Ambientada en Sicilia en la época del desembarco de Garibaldi en Marsala (11 de mayo de 1860), El gatopardo gira en torno a la figura del príncipe de Salina, don Fabrizio Corbera. Cabeza de una familia de la alta aristocracia de la isla, don Fabricio vive una descansada vida de rentista, contemplando con melancolía la desaparición de su mundo, después de que Garibaldi expulsara del trono al Borbón Francisco II, último rey de las Dos Sicilias. Pero su sobrino y ahijado, el inteligente y ambicioso Tancredi Falconeri, que se ha alistado en las filas garibaldinas, comprende mejor la situación y sabe adaptarse a ella. Tranquiliza así a su tío: “Si allí no estamos también nosotros, ésos te endilgan la república. Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie. ¿Me explico?”. Otro personaje notable de esta novela extraordinaria es don Calogero Sedàra, el alcalde garibaldino, un palurdo de rara inteligencia, riquísimo, y tan avaro que “cuando su hija estaba en el colegio, él y su mujer se comían entre los dos un huevo frito”. Tancredi Falconeri se casará con esa hija, la bella Angelica, heredera única de don Calogero. El Gatopardo es la novela del fin de la aristocracia como clase dominante y el ascenso de la nueva clase burguesa, y de la necesidad de aquélla de aliarse con ésta “para que todo siga como está”.
La pareja Angelica - don Fabricio daba gusto ver. Los enormes pies del príncipe se movían con delicadeza sorprendente y nunca los zapatitos de raso de su dama corrieron el peligro de ser rozados. La manaza de él le ceñía la cintura con vigorosa firmeza, su barbilla se apoyaba sobre la onda letea de los cabellos de la joven. Por el escote de Angelica surgía un perfume de Bouquet à la Maréchale, sobre todo un aroma de piel joven y tersa. En memoria suya recordó una frase de Tumeo: “Sus sábanas deben de tener el olor del paraíso”. Frase inconveniente, frase grosera, pero exacta. Ese Tancredi...
Ella hablaba. Su natural vanidad satisfacíase tanto como su tenaz ambición.
—¡Soy tan feliz, tiazo! ¡Todos han sido tan amables, tan buenos! Además Tancredi es un encanto, y también usted es un encanto. Todo esto se lo debo a usted, tiazo: incluso Tancredi. Porque si usted no hubiese querido, ya sé cómo habría acabado todo.
—Yo no tengo nada que ver con esto, hija mía. Todo te lo debes a ti misma.
Era verdad: ningún Tancredi hubiese resistido jamás a su belleza unida a su patrimonio. Habríase casado con ella pasando por encima de todo. Algo le dolió en el corazón: pensó en los ojos altivos y humillados de Concetta. Pero fue un dolor breve. A cada vuelta que daba le caía un año de los hombros: pronto se encontró como si tuviese veinte, cuando en aquella misma sala bailaba con Stella, cuando ignoraba todavía lo que eran las desilusiones, el tedio y todo lo demás. Por un instante aquella noche la muerte fue de nuevo, a sus ojos, “cosa de los demás”.
Tan absorto estaba en sus recuerdos que se ajustaban tan bien a la sensación presente, que no se dio cuenta de que en un momento dado Angelica y él bailaban solos. Acaso instigadas por Tancredi las otras parejas dejaron de bailar y se quedaron mirando. Los dos Ponteleone estaban allí: parecían enternecidos. Eran viejos y acaso comprendían. También Stella era vieja, pero sus ojos estaban sombríos. Cuando calló la orquesta el aplauso no estalló sólo porque don Fabrizio tenía un aspecto demasiado leonino para que se arriesgaran semejantes inconveniencias.
Terminado el vals Angelica propuso a don Fabrizio que cenara en su mesa y la de Tancredi. El habría estado muy contento, pero precisamente en aquel momento los recuerdos de su juventud eran demasiado intensos para que no se diese cuenta de que una cena con su viejo tío hubiese resultado desagradable entonces, teniendo a Stella a dos pasos. Solos quieren estar los enamorados, o todo lo más, con extraños. Con ancianos y, peor que peor, con parientes nunca.
—Gracias, Angelica, no tengo apetito. Tomaré algo de pie. Ve con Tancredo y no penséis en mí.