Ocurrieron los acontecimientos como ocurren los grandes temblores de Tierra, sin previo aviso: la transformación de los daimiatos en prefecturas, la supresión de las clases militares y la reconstrucción del sistema social todo. Estos acontecimientos llenaban de tristeza el alma del joven japonés, aunque comprendiese que no era difícil transferir en sumisión del príncipe al emperador, y aunque la fortuna de la familia no se hubiese resentido por el choque. Todas estas reconstrucciones le hablaban de la grandeza del peligro nacional, y le anunciaban la desaparición cierta de los viejos y altos ideales y de casi todas las cosas amadas. Pero sabía que el pesar era vano. Sólo transformándose podía la nación aspirar a salvar su independencia, y el deber elemental del patriota era reconocer la necesidad del cambio y prepararse convenientemente para representar el papel propio de un hombre en el drama futuro... \\ Desde el instante de la declaración de la guerra con China, el Japón no tuvo nunca la menor duda de la victoria final. Existía un entusiasmo general y profundo, pero ningún signo de excitación emocional... \\ Se pusieron a trabajar, y publicaron historias de los triunfos del Japón que, servidas a los suscritores en entregas semanales ilustradas con fotografías o graba-dos, se vendían en todo el país mucho antes que ningún observador extranjero pudiera aventurarse a predecir el resultado final de la campaña. Desde el primero al último de los hombres de la nación, todos se creían seguros de su fuerza y de la impotencia de China. Los fabricantes de juguetes pusieron repentinamente en el mercado legiones de ingeniosos mecanismos, que representaban los soldados chinos huyendo, o vencidos por las tropas japonesas, o atados, como prisioneros, por sus vencedores, o entregándose a merced de los más ilustres generales. Los juguetes militares antiguos, que representaban samurais en armadura, eran sustituidos por figuras de barro, de madera, de papel o de seda, representativas de la caballería, infantería y artillería japonesa, o por modelos de fuertes, de baterías y de acorazados. El tumulto de las defensas de Puerto Arturo por la brigada de Kumamoto era el asunto de un juego mecánico ingenioso; otro, igualmente ingenioso, repetía la lucha del Matsushima-ka con los acorazados chinos... \\ El anuncio de cada victoria iba seguido por una enorme manufactura y venta de impresos en color, ruda y económicamente ejecutados, qué expresaban solamente, la mayoría de las veces, la fantasía del artista, pero muy a propósito para estimular el amor popular por la gloria. También aparecieron maravillosos juegos de ajedrez, cada una de cuyas piezas era un oficial o soldado japonés o chino. \\ Entretanto, los teatros celebraban la guerra de un modo mucho más completo. No hay exageración en decir que casi todos los episodios de la campaña eran repetidos en la escena. Los mismos actores visitaban los campos de batalla para estudiar la acción y el medio, se caracterizaban de un modo realista, y con el auxilio de tormentas de nieve artificiales trataban de expresar las penalidades del ejército de la Manchuria. Cada muerte heroica era dramatizada tan pronto como la nueva se sabía. La muerte del corneta Shirakami Genjiro, que con el pulmón atravesado siguió tocando el toque de carga en la batalla de Sang Hawan, hasta que exhaló su último aliento; el valor triunfante de Harada Jinkichi, que escaló una muralla y abrió la puerta de una fortaleza a sus camaradas ; el heroísmo de catorce soldados de caballería que se sostuvieron solos contra trescientos de infantería; la carga feliz de soldados inermes sobre un batallón chino: todos éstos y otros muchos incidentes eran reproducidos en mil teatros. Inmensas iluminaciones de linternas de papel, ilustradas con frases de lealtad o de entusiasmo patriótico, celebraban el éxito de las armas imperiales o recreaban los ojos de los soldados que iban a campaña. En Kobé, constantemente atravesado por trenes de tropas, tales iluminaciones continuaban noche tras noche durante semanas enteras, y los vecinos de las calles más remotas se suscribían para la compra de gallardetes y arcos triunfales. \\ Se vendían paquetes de palillos en pequeñas cajas, y en cada palillo había grabado, en letras microscópicas, un poema diferente sobre la guerra. Y hasta el momento de la paz, o al menos hasta el momento en que un soshi (aventurero matón) atentó contra la vida de un plenipotenciario chino, durante las negociaciones, todas las cosas habían acaecido como el pueblo quería y esperaba... \\ El Japón hacía mucho tiempo que había dejado de sentirse inquieto acerca de su poder militar. Su fuerza de reserva era, probablemente, mucho más grande de lo que nunca se había pensado, y su sistema educativo, con sus veinte mil escuelas, era una enorme máquina de disciplina. En sir propio país podría hacer frente a cualquier potencia extranjera. La marina era su punto flaco, y a ella dedicaba su atención preferente. Tenía una espléndida flota de pequeños y veloces cruceros, manejada de un modo admirable. Su almirante, sin perder un solo barco, había aniquilado la flota china en dos encuentros; pero aún no era suficientemente pode-rosa para hacer frente a los navíos combinados de tres potencias europeas, y la flor de la marina japonesa estaba allende los mares. Con astucia se había elegido el momento más oportuno para la intervención, y, probablemente, se intentaba algo más que intervenir. Los poderosos barcos de guerra rusos estaban preparados para el ataque, y ellos solos podrían quizás haber vencido a la flota japonesa, aunque la victoria les hubiese costado cara. \\ Pero en la marina japonesa había un furioso deseo de batirse con los tres poderosos enemigos juntamente. Habría sido una gran lucha, porque ni el jefe japonés hubiera soñado nunca en rendirse, ni los barcos japoneses habrían arriado su bandera. \\ El ejército de tierra estaba igualmente deseoso de guerra. Se necesitaba toda la firmeza del gobierno para contener a la nación. Se limitó la libertad de los discursos y se impuso severamente silencio a la prensa. \\ El gobierno, realmente, obraba con perfecta sabiduría. En este periodo del desenvolvimiento japonés, una guerra costosa con Rusia no podía menos de tener las consecuencias más desastrosas para la industria, el comercio y la hacienda. Pero el orgullo nacional quedaba profundamente herido, y a duras penas podía el país perdonar a sus gobernantes.FUENTE: LAFCADIO HEARN: Kokoro (1894). En J. CASCALES Y MUÑOZ: Los Estados Unidos y el lapón. El conflicto yanqui-japonés (Madrid 1908), págs. 92-93, 103-105 y 109-110. \\