El drama de la familia de don Fausto Bengoa, españoles en París, ocurre en una época también dramática para la capital y para Francia: la caída del Segundo Imperio y la Commune. Baroja llegó a recoger en 1899 en París muchos testimonios de primera mano de la guerra de 1870, que utilizó para esta novela, y que incluían a personajes revolucionarios como Bianchi y Cantagrel. Este ambiente se combina con el de los arribistas de la orilla derecha que fascinan a la mujer de don Fausto. Como es frecuente en Baroja, el fondo histórico sirve de marco a una intriga amorosa y junto al drama destaca la nota lírica de las vidas de unos jóvenes ajenos a las amenazas que se ciernen sobre la ciudad.
El día de la entrada de los prusianos en París fue un día siniestro; la multitud estaba irritada, dispuesta a lanzarse a un acto de desesperación.
Una noche de marzo, Pipot, que había tomado la costumbre de ir, cuando le apretaba el hambre, a comer a casa de don Fausto, se presentó muy reservado y misterioso; pero como era un charlatán endiablado contó al momento todo lo que sabía.
Se preparaba una gorda: el Gobierno quería desarmar a la Guardia Nacional y quitarle los cañones. La gente estaba preparada a no dejarse engañar.
Por lo que afirmó Pipot, ya no se trataba de una tentativa parcial como la del día de la capitulación de Metz, ni tampoco de un movimiento irreflexivo como el de enero. Ahora tenían la seguridad del éxito.
Al día siguiente se conocieron los acontecimientos de Montmartre, y don Fausto, Nanette y Pipot fueron a contemplar los cañones que los soldados de la Guardia Nacional no habían querido entregar al Gobierno.
Hacía un día de primavera hermoso, claro; por las cuestas del cerro de Montmartre hormigueaba la gente; los curiosos contemplaban sonriendo las fortificaciones recién construidas y los cañones de la Guardia Nacional.
Todo el mundo comentaba los hechos alegremente; el día parecía de fiesta; los chicos jugaban, los obreros, endomingados, paseaban admirando los cañones montados sobre sus cureñas y los fusiles sostenidos unos en otros formando a modo de pirámides.
El cerro estaba fortificado como si se esperara el ataque del enemigo. En su cima, la torre de un restaurante hacía de atalaya, y en la azotea ondeaba la bandera roja.