MILL, John Stuart (1873). Autobiografía.

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MILL, John Stuart (1873). Autobiografía.

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Iniciado por su padre en el utilitarismo de la escuela de Bentham, John Stuart Mill formuló el principio básico de la ética utilitarista. Sostiene que las acciones son buenas en cuanto tienden a promover la felicidad y malas si conducen a la infelicidad, de tal manera que la “utilidad” y el “principio de la máxima felicidad” o “felicidad del mayor número” constituyen el fundamento de la moral. Desatendiendo toda consideración sobre las facultades innatas, Mill cifra en la educación y en el autodesarrollo personal la clave casi exclusiva de todo progreso intelectual y espiritual del individuo. Él mismo fue objeto de una abrumadora educación por parte de su padre, el también filósofo utilitarista James Mill. Comenzó a estudiar griego a los tres años y antes de los ocho ya había leído a Platón, Jenofonte y Herodoto. En su Autobiografía, publicada póstumamente, Mill matiza las ventajas de este sistema educativo con la mención de sus notorios inconvenientes.

En su relación moral con sus hijos, la ternura era el elemento notoriamente deficiente. No creo que esta deficiencia dependiera de su propia naturaleza. Yo pienso que fue hombre de más sentimiento que el que habitualmente mostraba y de grandes facultades sentimentales, nunca desarrolladas. Como muchos ingleses, se avergonzaba de toda manifestación externa del sentimiento, y por evitar su demostración matan el sentimiento mismo. Considerando, además, que estaba en la penosa posición de maestro único, y agregando a esto que su temperamento era por naturaleza irritable, es imposible no sentir verdadera piedad por un padre que hizo, y se esforzó en hacer tanto por sus hijos, que tanto hubieran apreciado su cariño, y que ha debido, sin embargo, percibir constantemente que el miedo que le tenían secaba ese cariño en su fuente. Ni en su vida después, ni con sus hijos menores, fue éste el caso. Ellos le amaban tiernamente, y aunque no puedo decir tanto de mí mismo, siempre me consagré lealmente a él. En cuanto se refiere a mi propia educación, vacilo para decir si perdí o gané con su severidad. No fue tal que me privase de una infancia feliz.

No creo que se pueda inducir a los niños a aplicarse con vigor y —lo que es mucho más difícil— con perseverancia a estudios áridos y pesados por la fuerza única de la persuasión y de las palabras suaves. La disciplina rígida y el temor al castigo esperado son medios indispensables para que los niños hagan. y aprendan muchas cosas.

Es, sin duda, un laudable esfuerzo de la enseñanza moderna hacer fácil e interesante para los muchachos, en cuanto sea posible, lo que tienen que aprender. Pero cuando este principio se lleva al extremo de no obligarles a aprender más que aquello que se les ha hecho fácil e interesante, se sacrifica uno de los principales objetos de la educación. Me regocija el declinar del viejo sistema de enseñanza brutal y tiránico, que, no obstante, tuvo el éxito de fortalecer los hábitos de aplicación; pero me parece que el nuevo está formando una raza de hombres que serán incapaces de hacer nada que les sea desagradable. Creo, pues, que no se puede prescindir del temor como elemento de la educación, pero estoy seguro de que no debe ser el elemento principal; y cuando predomina tanto que mata el amor y la confianza del niño hacia los que deben ser, sin reservas, sus consejeros leales en años posteriores, y acaso ciega las fuentes del franco y espontáneo espíritu comunicativo de su naturaleza, es un mal que amenguará grandemente los beneficios morales e intelectuales que pudieran derivarse de cualquier otro aspecto de la educación.