La novela narra la historia de tres generaciones de la familia Trotta. El fundador de la dinastía salva la vida al joven emperador Francisco José en la batalla de Solferino y consigue así un título nobiliario. Su hijo se convierte en un alto funcionario fiel al emperador. A su nieto se le hace pesada la carga de su apellido. Muere en 1848, en los primeros días de la guerra, y cuando por fin muere también el ya anciano emperador Francisco José, el destino de la familia Trotta está ya sellado. A través de la vida de una familia, Roth presenta el fin de un orden de siglos y la decadencia de una encantadora y brillante sociedad.
El doctor Skowronnek esperó hasta que el sacerdote se hubo marchado. Después volvió a la habitación del jefe de distrito. El viejo señor de Trotta yacía ahora tranquilo y sosegado en la cama. Tenía los ojos semicerrados.
—¡Déme su mano, querido amigo! —le dijo—. ¿Querría usted traerme el retrato?
El doctor Skowronnek se fue al gabinete, se subió a una silla y descolgó el retrato del héroe de Solferino. Cuando volvió con el cuadro entre las manos, el señor de Trotta ya no era capaz de verlo. La lluvia golpeaba suavemente contra los cristales. El doctor Skowronnek esperaba con el retrato del héroe de Solferino sobre las rodillas. Al cabo de unos minutos se levantó, tomó la mano del señor de Trotta, se inclinó sobre el pecho del jefe de distrito, respiró profundamente y cerró los ojos del muerto.
Era el día en que enterraban al emperador en la cripta de los capuchinos. Tres días después, el cadáver del señor de Trotta descendió a la tumba. El alcalde de la ciudad de W pronunció una oración fúnebre junto al féretro. Como todos los discursos de la época, el alcalde empezó con la inevitable referencia a la guerra. Dijo además que el jefe de distrito había dado su único hijo al emperador y que, a pesar de ello, había seguido viviendo y prestando sus servicios a la monarquía, sin desfallecer, hasta su último día. Mientras tanto, la lluvia incansable seguía cayendo sobre las cabezas descubiertas de los congregados alrededor de la tumba; llegaba un murmullo de los arbustos mojados de alrededor, las coronas y las flores. El doctor Skowronnek se esforzaba en mantenerse en posición de firmes en su uniforme de comandante médico de la milicia, al que todavía no estaba acostumbrado —evidentemente seguía siendo un personaje civil—, a pesar de que no creía que fuese una actitud adecuada para un entierro. «¡Bien mirada, la muerte no es un general médico, ni mucho menos!», pensó el doctor Skowronnek. Después se acercó a la tumba; era el primero en hacerlo. Rechazó la azada que le daba un enterrador. Se inclinó y arrancó un terrón de tierra mojada, la desmenuzó en su mano izquierda y fue tirando con la derecha los pequeños fragmentos sobre el ataúd. Después se retiró. Pensó que era ya la tarde y que se acercaba la hora de la partida de ajedrez. Pero ahora ya no tenía con quién jugar; pese a todo, decidió irse al café.