STRACHEY, Lytton (1918). Victorianos eminentes (El fin del general Gordon).

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STRACHEY, Lytton (1918). Victorianos eminentes (El fin del general Gordon).

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Conjunto de cuatro breves biografías o ensayos biográficos de otros tantos personajes victorianos. Strachey, que formó parte del grupo de Bloomsbury, agrupa estas biografías con un propósito desmitificador, basado en la disciplina de los datos concretos. Versan sobre el Dr. Thomas Arnold, Florence Nightingale, el cardenal Manning y el general Gordon. Esta última titulada El fin del general Gordon es la más notable de las cuatro. La defensa de Khartum por el general Charles George Gordon contra las fanatizadas tribus del Mehedi, lo convirtió en la figura mítica más prominente de la historia de la guerra en Africa. Strachey rompe su imagen mítica de héroe y mártir, pero no destruye su grandeza, sino que la arranca del mito para analizarla en su realidad histórica. El autor entreteje las características humanas de Gordon con las complejidades de la política imperial británica y la posición y motivaciones de su gobierno con la situación de Egipto y el Sudán en la época de los movimientos anticoloniales del coronel Arabi y del fanático islámico Mohammed Ahmed, el Mehedi. Desde mayo de 1884, Gordon estaba cercado en Khartum. Cuando la expedición de auxilio llegó el 28 de enero de 1885, encontró la ciudad ocupada y Gordon muerto. La imagen de Gordon luchando solo desde lo alto de una escalinata contra la multitud de los asaltantes está en la base del mito. Esto había ocurrido sólo dos días antes, el 26 de enero de 1885.

Cuando las fuerzas inglesas llegaron a Metemmah, el mehedi, cuya intención en un principio había sido reducir Jartum a la rendición mediante el hambre, decidió tratar de capturarla por asalto. El Nilo en recesión había dejado una porción de la circunferencia de la ciudad sin defensa; al retirarse el río, la muralla se había desmoronado; una vasta zona de fango se extendía entre el muro y el agua, y los soldados, vencidos por el hambre y la lasitud de la desesperanza, habían confiado su protección a la ciénaga, y habían descuidado la reparación de la brecha. A primera hora de la mañana del 26, los árabes cruzaron el río por ese punto. El fango, parcialmente seco, no ofreció ningún obstáculo; ni tampoco la ruinosa fortificación, débilmente defendida por algunas tropas muertas de hambre. La resistencia fue futil, y apenas si la hubo; el ejército del mehedi entró en tropel en Jartum. Gordon había discutido muchas veces consigo mismo cuál sería su acción en el momento supremo. “Nunca, V.D. –le había dicho a Sir Evelyn Baring–, seré apresado vivo”. Había hecho poner pólvora en los sótanos del palacio, para que todo el edificio pudiese, casi sin previo aviso, saltar por los aires. Pero entonces le habían asaltado los recelos; ¿no era su deber “conservar la fe y, de ser necesario, sufrir por ella”? ¿Ser un testigo torturado y humillado de su Señor en las cadenas del mehedi? Hacer saltar el palacio tendría, creía, “más o menos la mácula del suicidio”; sería, “de alguna manera, quitarle a Dios las cosas de las manos”. Permanecía indeciso; y entretanto, a fin de estar preparado para cualquier contingencia, mantenía una de sus pequeñas naves blindadas a su alcance en el río, con los vapores en marcha, día y noche, para transportarle, si así lo decidía, hacia el sur, a través del enemigo, a los apartados rincones de Ecuatoria. La aparición súbita de los árabes, el total derrumbamiento de la defensa, le ahorraron la necesidad de tomar una decisión. Estaba en el tejado, en batín, cuando empezó el ataque; y sólo tuvo tiempo de bajar corriendo a su dormitorio, embutirse en un uniforme blanco, y coger su espada y su revólver, antes de que la vanguardia de los asaltantes entrara en el palacio. La multitud era dirigida por cuatro de los más fieros seguidores del mehedi: derviches altos y de tez cetrina, espléndidos en sus jibbehs multicolores, con las espadas fuera de sus vainas de latón y terciopelo, y sus lanzas florecientes por encima de sus cabezas. Gordon se topó con ellos en lo alto de la escalinata. Por un momento, hubo una pausa mortífera, durante la cual él permaneció de pie, en silencio, examinando a sus antagonistas. Entonces, dicen que Taha Shahin, el Dongolawi, gritó con voz muy alta: “Mala oun el yom yomek!” (oh, maldito, tu hora ha llegado), y hundió su lanza en el cuerpo del inglés. Su única respuesta fue un gesto de desprecio. Otra lanza le traspasó; cayó, e instantáneamente las espadas de los tres otros derviches fueron clavadas en él hasta su muerte. Así, si hemos de creer en los cronistas oficiales, con la dignidad del desdén sin resistencia, encontró su fin el general Gordon. Pero no es sino muy oportuno que los últimos momentos de alguien cuya vida transcurrió en plena contradicción queden envueltos en el misterio y la duda. Otros testigos contaron una historia muy diferente. El hombre a quien vieron morir no era un santo, sino un guerrero. Con intrepidez, destreza y desesperación, arremetió contra sus enemigos. Cuando su pistola estuvo descargada, luchó con su espada; se abrió camino casi hasta el pie de la escalinata; y, entre una pila de cadáveres, sólo sucumbió pasado un rato al peso evidente de la multitud de sus contrarios.

Aquella mañana, Slatin Bajá, estando sentado y encadenado en el campamento de Omdurman, vio acercarse a un grupo de árabes, uno de los cuales llevaba algo envuelto en una pieza de tela. Al pasar ante él, el grupo se detuvo un momento, y le insultaron con burlas salvajes. Entonces levantaron la tela, y vio ante sí la cabeza de Gordon. El trofeo fue llevado al mehedi; por fin los dos fanáticos se encontraban de verdad cara a cara. El mehedi ordenó que la cabeza fuese sujetada entre las ramas de un árbol en la vía pública, y todos los que pasaban le tiraban piedras. Los halcones del desierto revoloteaban por encima suyo y hacían círculos a su alrededor: los mismos halcones que tan frecuentemente habían contemplado los ojos azules.