ACHEBE, Chinua (1958). Todo se desmorona.

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ACHEBE, Chinua (1958). Todo se desmorona.

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Chinua Achebe es un novelista nigeriano en lengua inglesa y Todo se desmorona una novela inteligente y fascinante. Narra el drama de Okonkwo, afamado guerrero ibo que se ve obligado a exiliarse de su tribu durante siete años. Cuando regresa, el hombre blanco ya ha llegado y con él y su civilización, todo empieza a desmoronarse. Primero llegaron los comerciantes con sus baratijas, después los misioneros con sus predicaciones, por último los colonos con sus armas. La gran novela de Achebe relata la violencia de la penetración europea en äfrica y sus consecuencias al destruir las estructuras tradicionales. Y con ella tenemos además la oportunidad de ver el problema, por una vez, desde “el lado de los otros” y no del nuestro.

Los misioneros pasaron las primeras cuatro o cinco noches en la plaza del mercado y por la mañana iban a la aldea a predicar el evangelio. Preguntaron por el rey de la aldea y les dijeron que allí no había rey.
—Tenemos hombres de alto rango y los jefes de los sacerdotes y los ancianos —les dijeron.
No fue nada fácil reunir a los hombres con títulos y a los ancianos después del revuelo del primer día. Pero los misioneros perseveraron y al final los dirigentes de Mbanta les recibieron. Les pidieron un terreno para construir su iglesia.
Todos los clanes y aldeas tenían un «bosque maligno». Se enterraba en él a los que morían de enfermedades verdaderamente malignas, como la lepra y la viruela. Era también el basurero de los potentes fetiches de los grandes hechiceros cuando morían. Un «bosque maligno» estaba pues poblado de fuerzas siniestras y de poderes de las tinieblas. Y fue uno de estos bosques el que los notables de Mbante dieron a los misioneros. No les querían en realidad en su clan y por eso les hicieron esa oferta, una oferta que nadie en su sano juicio aceptaría.

—Quieren un terreno para construir su santuario —dijo Uchendu a sus compañeros cuando discutieron el asunto—. Les daremos un terreno.
Hizo una pausa y se produjo un murmullo de sorpresa y discrepancia.
—Les daremos una parte del Bosque Maligno. Alardean de vencer a la muerte. Pues les daremos un campo de batalla real en el que demuestren su victoria.

Se rieron todos y aprobaron la propuesta y avisaron a los misioneros, a quienes habían pedido que les dejaran un rato para poder «cuchichear entre ellos». Les ofrecieron todo el terreno del Bosque Maligno que quisieran. Y se quedaron absolutamente asombrados cuando los misioneros les dieron las gracias y se pusieron a cantar.
—No comprenden —comentaron algunos ancianos—, pero ya comprenderán cuando vayan a su terreno mañana por la mañana. Y se dispersaron.

A la mañana siguiente, aquellos locos empezaron realmente a despejar una parte del bosque y a construir su casa. Los habitantes de Mbanta esperaban que estuvieran todos muertos en cuatro días. Pasó el primer día y el segundo y el tercero y el cuarto y no murió ninguno. Estaban todos desconcertados. Y luego se supo que el fetiche del hombre blanco tenía un poder increíble. Se decía que llevaba cristales en los ojos para poder ver a los espíritus malignos y hablar con ellos. Poco después consiguió los tres primeros conversos

Aunque a Nwoye le había atraído la nueva fe desde el primer día, lo mantuvo en secreto. No se atrevía a acercarse demasiado a los misioneros por miedo a su padre. Pero siempre que iban a predicar al aire libre a la plaza del mercado o al campo de la aldea, allí estaba él. Y empezaba a conocer ya algunas de las historias sencillas que contaban.
—Hemos construido ya una iglesia —dijo el señor Kiaga, el intérprete, que estaba al cargo de la congregación infantil. El blanco había vuelto a Umuofia, donde había construido su sede central y desde donde hacía visitas regulares a Mbanta, a la congregación del señor Kiaga.
—Hemos construido ya una iglesia —repitió el señor Kiaga— y queremos que vayáis todos cada séptimo día a adorar al verdadero Dios.

El domingo siguiente, Nwoye pasó una y otra vez por delante del pequeño edificio de tierra roja y paja sin reunir valor suficiente para entrar. Oía la voz del canto, que era fuerte y segura aunque sólo fuese de un puñado de hombres. La iglesia se alzaba en un claro circular que parecía la boca abierta del Bosque Maligno. ¿Estaría esperando para cerrar los dientes? Nwoye pasó varias veces por delante de la iglesia y luego volvió a casa.

La gente de Mbanta sabía muy bien que sus dioses y sus antepasados eran a veces pacientes y permitían intencionadamente a un hombre seguir desafiándolos. Pero hasta en esos casos establecían un límite de siete semanas de mercado o veintiocho días. Pasado ese límite no se permitía seguir a ningún hombre. Así que cuando ya estaban a punto de cumplirse siete semanas desde que los atrevidos misioneros habían construido la iglesia en el Bosque Maligno aumentó la expectación en la aldea. Estaban todos tan seguros del destino que aguardaba a aquellos hombres que uno o dos conversos consideraron prudente retirar su apoyo a la nueva fe.

Por fin llegó el día en que todos los misioneros deberían haber muerto. Pero aún estaban vivos, construyendo una casa nueva de tierra roja y techo de paja para su maestro el señor Kiaga. Esa semana consiguieron un puñado de conversos más.