NOVÁS CALVO, Lino (1933). Pedro Blanco el Negrero.

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NOVÁS CALVO, Lino (1933). Pedro Blanco el Negrero.

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Lino Novás Calvo, aunque nacido en España, pertenece plenamente a la literatura cubana. El subtítulo de esta novela, Vida novelada de Pedro Blanco Fernández da Traba, induce a una confusión quizá no involuntaria, pues el libro tiene todas las características de una novela, sin que deje de estar fuertemente inspirada en un personaje real. Novás une a su afinada imaginación literaria una profunda erudición sobre el tema del tráfico negrero: conoce a fondo el comercio de esclavos, los puntos de compra o captura, la travesía del Atlántico en condiciones infrahumanas en los barcos negreros, el desembarque de los africanos en Cuba, su indigna venta en los mercados y su llegada al ingenio azucarero. Novás analiza la personalidad de Pedro y sus compañeros negreros y las motivaciones de su conducta, pero también pinta otros tipos relacionados con la trata, como el cimarrón Marcos Mina o el mulato negrero Cha-Cha, “un mulato ancho, de ojos de lobo”. La novela refleja de una manera implacable el cuadro repulsivo del comercio negrero, la crueldad y el desprecio hacia los negros, la terrible condición del hombre esclavizado por sus semejantes.

El buque siguió abatiendo al oeste, deslizándose como un albatros hasta entrar en la noche. Luego cargó un poco las velas y viró al sureste con la luz de bitácora apagada. El cúter lo había acosado por el nordeste; a la puesta del sol le hizo una descarga, pero estaba demasiado lejos y perdía ventaja. El lugre huía bajo bandera portuguesa.

Al levantarse el día el cúter había desaparecido; pero el viento amainaba de tal modo que Pedro no tuvo duda de lo que iba a pasar. Se calló, sin embargo. Al calcular su posición se encontró a la altura de Cabo Palmas, a cien millas de la costa. Había que navegar de bolina y con poco viento. A aquella altura y a comienzos de la estación seca eran frecuentes las calmas. Estas traían a veces chubascos como heraldos, y sobre el lugre comenzó a parir una nube gorda. Pedro hizo saltar la escotilla y descendió a la cala, de donde salían lamentos, látigo en mano. Pensaba sacar a los negros a cubierta a que los bañara el cielo, y se quedó frío. De los doce habían muerto tres, y dos más morían. Pedro corrió a la cabina a buscar un suero para inmunizarse, y calló. Distribuyó los mulatos, cuatro a los remos y uno al timón, y aguardó la noche. De noche se acercó a un negro sano con un tazón de aguardiente y un espejo y le habló en susú. Entonces llamó a popa a los cinco mulatos, en consejo. Al soltar los remos el lugre quedó parado. Luego se sintieron unos chapoteos, como el choque de cuerpos contra el agua. La gente creyó que eran tiburones.

Pero al día siguiente la viruela había tumbado dos negros más y el pánico cundió por el barco. El mal se desarrolló rápidamente. Pedro vació el suero que llevaba en los tripulantes. Esto los calmó un poco, pero daban vueltas en torno a él y miraban a su pistola. Según se acercaban a la costa iban echando más negros al mar, y Pedro prometió a los tripulantes pagarles en géneros. Los doce negros habían desaparecido antes de ver tierra. Al principio, los mulatos abandonaban los remos y Pedro tenía que atacarlos uno a uno con los ojos y mostrarles la pistola y el cuchillo.

A vista de tierra el peligro era mayor. Pedro se había pasado tres días durmiendo a sorbos, de pie, andando, barajando los hombres. A veces se arrimaba a la borda, caía en un sueño y partía a dar órdenes, durmiendo con los ojos abiertos. El látigo había servido sólo de respeto (como madera de respeto) y Pedro sabía que el peligro estaba en usarlo. La tierra la avistaron al anochecer y se pusieron a la capa. Era evidente que los mulatos intentarían algo contra él de noche. Pedro dio en barajarlos, pero inevitablemente se juntaban junto a la toldilla, junto al castillo, en todas partes. Pedro se quedó espiando al más audaz y fingió no darse cuenta de nada. Abrió la puerta del castillo y aguardó de espaldas, como embebido en el cielo, a que pasara por allí. Al pasar el mulato Pedro se volvió como un gato y lo metió para dentro, y se metió él. Allí pasó algo callado. Pedro salió con calma y vio a los otros hurgado con los ojos en busca del cabecilla. Pedro dio en pasearse en silencio, con algo de fantasma en sí. La rapidez con que había desaparecido el cabecilla los desconcertó. El silencio del capitán y aquel silencio en la noche tenía un sentido siniestro. El balanceo del barco, tras la desaparición de los doce cautivos, acabó por meter en fuga todo el valor de los tripulantes. Al amanecer, dos canoas de krumen vinieron a recibirlos, y guiaron el lugre a la embocadura del río Sulima, al sur de Sierra Leona.