El presidente Washington, visto por el presidente Jefferson

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El presidente Washington, visto por el presidente Jefferson

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 Creo que conocí íntima y perfectamente al general Washington, y si se me pidiese que trazase el perfil de su carácter lo haría en estos términos: \\   Sin ser de primer orden, su inteligencia era grande y poderosa, su penetración fuerte, aunque no tan aguda como la de un Newton, Bacon o Locke. Sus juicios eran ciertos. Era lento en el obrar, poco ayudado por la inventiva o la imaginación, pero seguro en las conclusiones. De ahí la común observación de sus oficiales sobre la ventaja que sacaba de los consejos de guerra, en los que escuchando todas las sugerencias seleccionaba siempre lo mejor. Y, ciertamente, ningún general ha planeado sus batallas más juiciosamente. Pero si ocurría algo imprevisto, si alguna parte de su plan quedaba dislocada por las circunstancias, Washington era lento en el reajuste. La consecuencia fue que a menudo tuvo fallos en campo abierto y rara vez contra un enemigo estacionado, como en Boston y York. Era incapaz de sentir miedo, afrontando los peligros personales con la más indiferente calma. Quizás el rasgo más acusado de su carácter era la prudencia: no actuaba nunca hasta que cada circunstancia, cada consideración había sido maduramente sopesada. Si veía una duda se abstenía, pero una vez decidido iba hacia su propósito cualquiera que fuese el obstáculo que se le oponía. Su integridad y su sentido de la justicia eran los más puros e inflexibles que jamás he conocido: ningún motivo de interés o de consanguinidad, de amistad o de odio, podía desviar su decisión. Era efectivamente, en todos los sentidos de la palabra, un hombre sabio, bueno y grande. Su vigoroso temperamento era de natural irritable, pero la reflexión y la voluntad habían obtenido una firme y habitual ascendencia sobre aquél. Sin embargo, si alguna vez conseguía su temperamento romper las amarras, Washington era temible en su furor. En sus gastos era honorable, pero exacto; liberal en contribuir en cualquiera utilidad prometida, pero ceñudo y reacio para todo proyecto visionario y para toda llamada indigna a su caridad. El corazón de Washington no era cálido en sus afectos: calculaba la valía de cada hombre y le daba una sólida estimación proporcionada a tal valía. Su físico era agradable, su estatura exactamente la que uno desearía, su porte sencillo, erecto y noble. Fue el mejor jinete de su tiempo, y montado a caballo era la más graciosa figura que ha podido ser vista. En el círculo de sus amistades, donde podía comportarse con toda franqueza, tomaba libre parte en la conversación, pero sus talentos de conversador no estaban por encima de la medianía, y no poseía ni riqueza de ideas ni fluencia de palabras. En público, cuando era apelado para emitir súbitamente una opinión, se mostraba siempre desprevenido, corto y embarazado. No obstante escribía con rapidez e incluso de manera prolija, en un estilo fácil y correcto. Tal estilo lo había adquirido de la conversación con la gente, pues su educación consistió meramente en aprender a leer y a escribir y en la aritmética común, a la cual añadió después la agrimensura. Empleaba su tiempo principalmente en la acción: leía poco y sólo sobre agricultura e historia de Inglaterra. Su correspondencia epistolar se hizo necesariamente extensa y con el diario de sus actividades agrícolas ocupaba la mayor parte de sus horas de ocio pasadas en casa. Considerado en conjunto, su carácter era perfecto, no era malo en nada y en pocas cosas indiferente. Puede en verdad decirse que jamás la fortuna y la naturaleza se combinaron de una manera más perfecta para hacer un gran hombre y para situarlo en la misma constelación y al lado de cualquier valor que haya merecido de los hombres un recuerdo perenne. Para Washington fue el singular destino y mérito de conducir con éxito los ejércitos de su país en una penosa guerra por la independencia; de dirigir sus consejos desde el nacimiento de un gobierno, nuevo en sus formas y principios, hasta dejarlo tranquila y ordenadamente asentado en su funcionamiento; y de obedecer escrupulosamente las leyes a lo largo de su carrera civil y militar, de lo cual la historia del mundo no presenta ningún otro ejemplo.FUENTE: Carta de Thomas Jefferson a Walter Jones (2 de Enero 1814). En "The Life and Selected Writings of Thomas Jefferson (Nueva York 1944), págs. 173-175.