Con la mecanización aplicada a la industria, y con ella el sistema fabril, cambiaron de forma radical las condiciones de vida de la población trabajadora de Europa. El trabajo en las fábricas atrajo una gran cantidad de población, sobre todo rural, hacia los centros productores, dando lugar al surgimiento de un nuevo grupo social, el proletariado, cuya única propiedad y medio de supervivencia era su capacidad de trabajo, sujeto siempre a la ley de la oferta y la demanda. Desde las primeras décadas de la Revolución Industrial las condiciones de vida de los trabajadores empeoraron, hacinados en pequeñas viviendas insalubres en los suburbios de las ciudades industriales. Además, hasta mediados del siglo XIX apenas existía legislación social que les protegiera mínimamente de los abusos de la clase patronal.