Los inicios del ferrocarril

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Los inicios del ferrocarril

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La velocidad a la cual se puede circular en ferrocarril no tiene límites; sin embargo, hasta la hora presente no se ha querido rebasar las doce leguas por hora. Los medios disponibles para la colocación de los raíles, de las traviesas y de los pernos que los mantienen unidos, así como el trazado de la vía y el consabido empedrado de éste, etc., la construcción de los vagones y de las locomotoras no presentan aún las garantías suficientes de seguridad como para atreverse a sobrepasar dicha velocidad; y la explotación de esa rama de la in¬dustria es demasiado reciente como para que se haya podido corregir las nu¬merosas deficiencias que la experiencia ha puesto ya de relieve. Sin embargo, no cabe la menor duda de que en un futuro no demasiado lejano se estará en condiciones de aprovechar toda la velocidad que se ha ido logrando tras las diversas pruebas. Es sobre todo, en interés de los viajeros que dicho logro es de desear, pues es digno de subrayar hasta qué extremo el hombre instruido por la civilización en la comprensión del valor del tiempo, anhela ahorrarlo por todos los medios. En su afán por alcanzar lo más rápidamente posible la meta que se propone, pasa por alto los posibles peligros, a los que teme menos que un eventual retraso. El ferrocarril constituye uno de los adelantos más sorprendentes de nues¬tra época. Aún no hemos conseguido familiarizarnos con la idea de esa increíble velocidad, que arrastra a los viajeros sin siquiera permitirles darse cuenta de la distancia que recorren. Lo que quizás no deje de ser menos sorprendente es la audaz temeridad de los primeros viajeros que se atrevie¬ron a confiar sus vidas a esas temibles máquinas. Ahora bien, la influencia del ejemplo resulta milagrosa; lo que jamás un individuo aislado se arriesgaría a intentar, diez simultáneamente lo van a emprender. En cada vagón habían tomado asiento un cierto número de amigos que se daban mutuamente ánimos, y llegaban de esta suerte a olvidar que la menor avería en esas potentes máquinas constituiría para todos ellos el signo precursor de una muerte espantosa y prácticamente inevitable. FUENTE: SÉGUIN, Marc. De I'influence des chemins de fer et de l'art de les tracer et de les construire, París, 1839.