Por Restauración no entendemos únicamente el Congreso de Viena, la Santa Alianza y los acontecimientos políticos que de la misma resultan. Nos referimos además, en la esfera espiritual, al pensamiento reaccionario de los De Maistre, de los De Bonald, de los Lamennais, de los BalIanche, de los Haller. Y, sin embargo, en todo esto nada hay que corresponda plenamente al significado propio de la palabra restauración. Trátase más bien de la misma revolución, que continúa, aunque trastocada. ¿Qué restauran de lo antiguo los místicos fundadores de la Santa Alianza? ¿Cuándo sirvió la religión, que ellos invocaban, para presidir un consorcio de Estados y para legitimar las pretensiones universalistas de algunos monarcas que se proclamaban enviados de Dios, a fin de hacer de todos los pueblos un solo rebaño? \\ Los monárquicos de la Edad Moderna surgieron también del fraccionamiento del universalismo religioso medieval, dirigiendo sus esfuerzos a singularizar el culto en sus respectivos dominios, sea valiéndose de la secesión protestante, sea reivindicando una parcial libertad de Roma. La Revolución francesa se incrustaba, en este sentido, en la tradición, puesto que sus legisladores jansenistas, en la constitución civil del clero, no han hecho otra cosa que desenvolver las antiguas libertades galicanas. Y el Concordato de 1801, que sancionaba el principio de un acuerdo entre la Iglesia y el Estado, responde también al espíritu imperante en la mentalidad jurisdiccionalista del siglo XVIII. \\ El universalismo religioso de la Santa Alianza nada tiene que ver, pues, con la tradición. Pero es la antítesis, revolucionaria también, de la Declaración de los derechos del hombre. En principio al menos -y luego en la práctica- la corromperá profundamente con la declaración de los derechos de Dios. \\ [...] La verdadera restauración no debe buscarse en el arreglo territorial del Congreso de Viena, ni en la política de la Santa Alianza, sino en la historia de las naciones europeas, en las que la tradición y la revolución, los reaccionarios y los jacobinos, colaboraron, siguiendo opuestos caminos, en un trabajo común de equilibrio, de reajuste y de fusión de lo antiguo con lo nuevo. La revolución ha impreso a la vida europea un brusco y fuerte empuje. Pero el impulso, único en el origen, se difunde, como ya Burke había dicho, a través del denso medium en que se pro-paga y, según la capacidad de reacción de cada pueblo, se recibe de una manera o de otra, resultando al final multiplicado e individualiza-do, pero conservando la unidad en su trayectoria original. De una revolución única brotan las múltiples historias nacionales, las cuales afluyen todas, sin embargo, a la circulación y contribuyen a la unidad de la conciencia europea.FUENTE: GUIDO DE RUGGIERO, Historia del Liberalismo Europeo, Ed. Pegaso, Madrid, 1944, págs. 59-60, 65-66.