Se puede decir que en los orígenes de la Revolución Francesa son decisivos cuatro factores: el sostén ideológico que aportan los filósofos ilustrados, el desajuste de la sociedad estamental de finales del XVIII, anacrónica ante los cambios que se habían producido en las estructuras económicas, los serios problemas económicos que atravesaba el país donde amplios sectores de población sobrevive en unas condiciones miserables de vida, y los problemas políticos inherentes a una administración envejecida y obsoleta, dirigida, además, por un monarca absolutista sin apenas capacidad de gobierno y que reinaba sin convocar el Parlamento. En este contexto las clases privilegiadas se rebelan contra los intentos de reforma que implican para ellas el pago de ciertos impuestos, solicitando para dirimir el conflicto la reunión de los Estados Generales, de cuyo fracaso se derivará la creación el 17 de junio de 1789 por parte del Tercer Estado de la Asamblea Nacional Constituyente. En esta situación es cuando el 14 de julio las masas acuciadas por el hambre asaltan la prisión de la Bastilla, símbolo del absolutismo e importante arsenal de la ciudad, lo que deriva en agitación social por todo el país y finalmente empuja a Luis XVI a aceptar la nueva situación.