Francia en el umbral de la revolución

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Francia en el umbral de la revolución

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  Luis XV no se consideró Rey de Francia hasta el día en que los antiguos parlamentos dejaron de existir; yo había compartido su opinión y fue con inquietud que vi reaparecer estos cuerpos de magistratura independientes de la corte; mi inquietud no tardó en ser justificada. La magistratura se mostró ingrata hacia el Rey que la restablecía: los forcejeos y resistencias se reanudaron con todos sus inconvenientes. \\    Luis XVI, el mejor de los reyes, se vio obligado a tomar apariencias de tirano: sus buenas intenciones fueron ignoradas y en todas partes del reino donde retumbaba el ruido de estas querellas judiciales se decía que Luis XVI seguía los pasos de su abuelo. Cuando se pudo conspirar, todos tomaron a gusto el papel de frondista. No querían que la reina tuviera una favorita y algunos amigos, y encontraban extraño que les enriqueciera. Se sentían irritados por el dinero que se gastaba y hubieran querido hacer de la familia real un convento de monjas mentecatas y avaras, sin ninguna liberalidad. Fue tan grande el mal humor contra la corte que se llegó a criticar hasta la galantería de los príncipes, sin ponderar ninguna de sus gracias ni de sus amabilidades. Ignoro qué es lo que se quería de ellos, pero si los príncipes se hubiesen comportado según el gusto de la multitud se hubieran con-vertido en criaturas muy vulgares. \\    El clero participó también de la censura popular. Se soñaban utopías eclesiásticas, y se hablaba de los primeros apóstoles. Querían que nuestros obispos y sus grandes vicarios fuesen piadosos, ordenados, modestos como los párrocos de porción congrua. Se pedía una completa reforma clerical, sin piedad por las buenas compañías ni por las demoiselles. En fin, la burguesía se apercibió de que estaba excluida de los puestos de oficial en el ejército; el comercio quería extenderse más; los obreros deseaban la supresión de las pruebas de maestría. En una palabra: nadie estaba contento. \\    Por detrás de todo eso corría un viento de filosofía que empujaba los espíritus a la revuelta. Las ideas del siglo, la libertad, la igualdad, fermentaban en todas las cabezas. La nobleza había buscado la compañía de los filósofos, y éstos se sir-vieron de ella para hacer despreciable a la nobleza. La cosa llegó a tal punto que los burgueses se creían nuestros iguales, y nuestros lacayos pensaban que estaban hechos del mismo fuste que nosotros. Cada día nos dábamos cuenta de estas pretensiones y hubiéramos debido estar precavidos, pero nadie se cuidó de ello: fue un error muy grande, sin duda.  \\    Estas causas principales llevaron a una desorganización completa: el desorden penetró en las finanzas y se hizo necesario buscar un remedio. Pero, ¿dónde encontrarlo? Los parlamentos se oponían a todo impuesto extraordinario, bajo pretexto de cortar los víveres a Polignac y a los suyos. Exigían que la corte se reformase, que no. comiese más que lo que permitían los ingresos, que el rey, la reina y los príncipes tuviesen las manos cerradas: era pedir lo imposible. Sin embargo, era necesario hacer algo. Todo estaba lleno de obstáculos. El amable Monsieur de Calonne creyó encontrar un recurso en la convocatoria de los notables del reino: no era esto la asamblea de los Estados Generales, pero sí algo parecido.FUENTE: Mémoires de Madame du Barry (París s. a.), págs. 279-283.