Burke reflexiona sobre la Revolución Francesa, 1790

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Burke reflexiona sobre la Revolución Francesa, 1790

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 La misma disposición perezosa, pero turbulenta, que ama la indolencia y odia la tranquilidad, dirige a vuestros políticos en todos sus ensayos de reconstrucción. Poner las cosas al revés de lo que están es una tarea tan fácil como la de destruir. Lo que no ha sido probado no ofrece dificultades. A la crítica le es imposible descubrir faltas de lo que no existe, y el entusiasmo ardiente, tanto como la esperanza engañosa, pueden desplegarse sin casi encontrar obstáculos en las regiones sin límites de la imaginación. \\    Es algo muy distinto conservar y reformar simultáneamente. Es necesario para conservar las partes útiles de una vieja institución, compaginando lo que se agrega con lo que se conserva, un espíritu vigoroso, tranquilo, una atención perseverante y capacidad para comparar y combinar, amén de las reservas de una inteligencia fértil en recursos. Se trata de una lucha continua contra las fuerzas combinadas de contrarios defectos, contra la rutina que rechaza toda mejora y la ligereza que se fatiga y cansa de todo lo que posee. Pero podrá usted objetarme que éste es un procedimiento muy largo. Semejante conducta no conviene a una asamblea que se vanagloria de ejecutar en pocos meses una labor de siglos. Su manera de reformar llevará años. En efecto, así ha de ser y así debería ser. Precisamente una de las excelencias de un método que considera el tiempo como uno de sus instrumentos es la lentitud en el obrar y la casi imperceptibilidad con que logra a veces sus fines. Si trabajando sobre materias inanimadas la prudencia y la circunspección son parte de la sabiduría, no es menos cierto que se transforman en un deber moral cuando la materia de nuestras destrucciones y construcciones no son ni el ladrillo ni la madera, sino seres sensibles cuyo estado, condición y hábitos no se pueden alterar súbitamente sin peligro de hacer la desgracia de multitudes enteras. Pero la opinión que prevalece en París parece ser la de que la sola condición que hace un perfecto legislador es la dureza de corazón y la confianza imperturbable en sí mismo. Pero mis ideas sobre este punto son muy diferentes. Es preciso que un verdadero legislador esté lleno de sensibilidad, que ame y respete a los hombres y, desconfíe de sí mismo. Puede conocérsele que intuya la finalidad de su quehacer con una mirada, pero, en compensación, no ha de hacerlo sin rodearse de precauciones. Un arreglo político responde a fines sociales; es necesario, por tanto, no trabajar sino con medios sociales. Aquí el espíritu debe conspirar con el espíritu; y se requiere tiempo para producir esta unión, que es lo único que puede hacer llegar al bien a que se aspira. La paciencia es en estos trabajos de más efecto que la fuerza. Si yo pudiera acudir a lo que está tan fuera de uso en París, quiero decir la experiencia, os diría que durante mi existencia he conocido a grandes hombres de Estado, con los cuales he colaborado según mis medios, y que, hasta ahora, no he visto jamás ningún proyecto que no haya sido enmendado por observaciones de hombres muy inferiores en inteligencia, comparados con aquel que llevaba la dirección del asunto. Es un progreso lento, pero seguro; el resultado de cada uno de los pasos que se dan está calculado; el éxito o la desgracia del primero condiciona al segundo, y así, paso a paso, se acaba por darlos todos con seguridad. Se cuida de que las diferentes partes del sistema no se destruyan entre sí. Las dificultades que se ocultan incluso en las combinaciones más prometedoras se van resolviendo según se presentan. Se sacrifican lo menos posible unas ventajas a las otras. Se compensa, se concilia, se sopesa. Combinamos en la unidad de un todo las diversas anomalías y opuestos principios que se encuentran en la inteligencia y en los negocios humanos. De aquí nace un sistema excelente no por su simplicidad, sino por algo superior: por su composición. Cuando los grandes intereses de la humanidad se realizan por una larga serie de generaciones es justo que estas generaciones sucesivas participen en cierta medida en las soluciones que han de afectarles tan profundamente. Si la justicia requiere esto, la obra misma exige la ayuda de mayor número de inteligencias que el que puede ofrecer una sola generación. Es lo que hace que los mejores legisladores se han contentado en establecer algún principio superior, seguro y sólido de gobierno; un poder semejante al que ciertos filósofos han llamado naturaleza plástica, pues habiendo fijado el principio han dejado lo demás como puras consecuencias.FUENTE: EDMUND BURKE: Reflections on the Revolution in France (Ed.Dent. Londres 1967), págs. 164-166.