Esta novela mezcla un personaje real, Víctor Hugues, comerciante antillano que implantó en la isla de Guadalupe las ideas liberadoras de la Revolución francesa (y también la guillotina), con otros personajes de ficción, y narra el tránsito de la esperanza a la desilusión, a medida que los ideales revolucionarios degeneran en el caos y el autoritarismo.
El 7 de Julio de 1798 —para ciertos hechos no valían las cronologías del Calendario Republicano— los Estados Unidos declararon la guerra a Francia en los mares de América. Fue como un trueno que retumbara en todas las cancillerías de Europa. Pero la próspera, voluptuosa y ensangrentada isla de Nuestra Señora de Guadalupe ignoró durante largo tiempo una noticia que había de cruzar dos veces el Atlántico para alcanzarla. Cada cual seguía en lo suyo, quejándose a diario de un verano que, aquel año, resultaba particularmente caluroso. Algún ganado murió a causa de una epidemia; hubo un eclipse de luna, la banda del Batallón de Cazadores Vascos dio algunas retretas y se produjeron algunos incendios en los campos a causa de un sol que había resecado demasiado los espartos. Víctor Hugues sabía que el despechado General Pelardy hacía cuanto le era posible por desacreditarlo ante el Directorio, pero el Agente, pasadas las angustias de otros días, se tenía por insustituible en su cargo. «Mientras yo pueda mandar su ración de oro a esos señores —decía— me dejarán tranquilo.» Se afirmaba en los mentideros de la Pointe-à-Pitre que su fortuna personal ascendía a más de un millón de libras. Hablábase de su posible matrimonio con Marie-Anne-Angelique Jacquin. Fue entonces cuando, llevado por una creciente apetencia de riquezas, creó una agencia mediante la cual se aseguraba la administración de los bienes de los emigrados, de las finanzas públicas, del armamento de los corsarios y del monopolio de las aduanas. Grande fue la tormenta desatada por esa iniciativa, que afectaba directamente a una multitud de gente favorecida, hasta entonces, por su gobierno. En las plazas, en las calles, comentóse la arbitrariedad del proceder, en tal grado que fue necesario sacar la guillotina al aire libre, abriéndose un nuevo aunque breve período de terror, como oportuna advertencia. Los enriquecidos, los favorecidos, los funcionarios prevaricadores, los usufructuarios de propiedades abandonadas por sus dueños, tuvieron que tragarse las protestas. Behemot se hacía comerciante, rodeándose de balanzas, pesas y romanas, que a todas horas valoraban el caudal de lo engullido por sus almacenes. Cuando se tuvo conocimiento de la declaración de guerra de los Estados Unidos, los mismos que habían saqueado veleros norteamericanos echaron sorbe Víctor Hugues la culpa de lo que ahora veían como un desastre, cuyas consecuencias podían ser catastróficas para la colonia.