Memorial de Santa Elena, 1815

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Memorial de Santa Elena, 1815

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  «Además, en Amiens creí buenamente ver fijada la suerte de Francia, la de Europa y la mía, y acabada la guerra. El gabinete inglés fue el que volvió a encender la hoguera; a él solo debe Europa todos los desastres que han sucedido; sólo él es responsable. Ya iba a dedicarme únicamente a la administración interior de Francia, y creo firmemente que hubiera hecho prodigios. Nada hubiese perdido por el lado de la gloria, y habría ganado mucho en goces sólidos; hubiera hecho la conquista moral de Europa, como he estado en vísperas de hacerla con las armas. ¡Cuánto esplendor me han quitado! \\    »No han dejado de hablar de mi pasión por la guerra. ¿Pero no me he visto constantemente precisado a defenderme? ¿He conseguido una sola victoria en que no haya procurado la paz? Lo cierto es que nunca he sido dueño de mis movimientos, ni he podido obrar con toda libertad. \\    »Yo podré haber formado muchos planes, pero nunca he tenido la libertad de ejecutar ninguno. Por más que me esforzase en sostener el timón, por muy fuerte que fuese la mano, las olas eran súbitas y numerosas, y por lo mismo, yo tenía la prudencia de ceder a su impulso antes de zozobrar, queriéndolas resistir obstinadamente. Nunca he sido, pues, verdadero dueño de mis acciones, sino que siempre he cedido a las circunstancias... ». \\    Y después de haber hablado de muchos otros asuntos, prosiguió diciendo: «Una de las ideas que más me ocuparon había sido la reunión, la concentración de los mismos pueblos geográficos que las revoluciones y la política han disuelto y dividido; de manera que contándose en Europa, bien que diseminados, más de treinta millones de franceses, quince de españoles, quince de italianos y treinta de alemanes, hubiera querido hacer de cada uno de estos pueblos un solo cuerpo de nación. Con un séquito semejante hubiera sido hermoso presentarse a la posteridad y a la bendición de los siglos: ¡yo me juzgaba digno de tamaña gloria! \\    »Después de esta simplificación sumaria, hubiera sido posible entregarse a la quimera de una perfecta civilización. En tal estado de cosas podía haber más probabilidades de conseguir en todas partes la unidad de códigos, de principios, opiniones, sentimientos, ideas e intereses. Acaso entonces, con el apoyo de las luces universalmente extendidas, hubiera sido permitido soñar la gran familia europea, la aplicación del Congreso americano, o la de los anfictiones de Grecia. Y entonces, ¡qué perspectiva de fuerza, de grandeza, de goce, de prosperidad! ¡Qué grande y magnífico espectáculo! ... \\    »La reunión de los treinta o cuarenta millones de franceses estaba ya hecha y perfeccionada; la de quince millones de españoles lo estaba casi también; pues nada es más común que convertir el accidente en principio. ¿Cómo no he sometido a los españoles? Dirán que no era posible someterlos; pero lo cierto es que lo han sido, y que en el mismo momento en que .se me escaparon, las Cortes de Cádiz trataban secretamente con nosotros, y así no les libertaron su resistencia, ni los esfuerzos de los ingleses, sino mis errores y desgracias lejanas; y sobre todo, el haberme trasladado con todas mis fuerzas a mil leguas de distancia de ellos, y haber sucumbido. Porque nadie podría negar que si, al entrar en España, Austria, en vez de declararme la guerra, me hubiese dejado cuatro meses de estancia en España, todo hubiese terminado allí. El Gobierno español se habría consolidado, se hubieran calmado los ánimos, los partidos se hubieran unido y en tres o cuatro años se habría visto allí una paz profunda, una prosperidad brillante, y una nación compacta; yo habría merecido sus bendiciones, y les hubiera evitado la horrorosa tiranía que les esclaviza y las terribles agitaciones que se les preparan [...J».FUENTE: LAS CASES, Memorial de Santa Elena, Iberia, Barcelona, 1954, págs. 277-279.